
Que alegría subirme a un avión y saber que voy a aterrizar en sus brazos.
Ir camino hacia el aeropuerto que te sonríe al partir, llevar de paseo mi sonrisa en el subte y gozar de las cosquillas que zarandean los dias más alegres.
Es aquel lugar al que siempre quiero volver, y del que nunca quiero irme.
Es aquel amor que nos alimenta de a ratitos.
Un corte y ya volvemos diría algún conductor de televisión para separarme de ella.
Que alegría me da verla siempre tan viva y radiante. Tan fresca de mares y tan verde de montañas. Tan suave de arena y tan provocadora por hermosa.
Por ejemplo, el amor a Buenos Aires, amor comparable al de mi vieja. Ella prendió la luz. Ella caminó mis primeras calles. Ella me cuida. Me brilla en los ojos y en mis historias. Buenos Aires toma por rehenes a mis palabras para secuestrar la imaginación de mis amigos que todavía no la besaron. Buenos Aires, me eligió para nacer en sus perfumes. Es como mi vieja.
Pero del otro lado del charco, esta ella. Siempre esperándome en la otra orilla. En la arena, descalza de miedos y despojada de llantos. Ella me ama. Yo la amo. Y por eso la comparo con una novia. Porque yo la elegí, y ella lo hizo conmigo. Esta es la razón por la cual nos amamos desenfrenadamente cada vez que nos vemos. Por eso ella me deja bucear en sus playas y yo le presto mis pies para que camine mi cuerpo. Me regala sus verdes para que recorra cada rincón de sus piernas y mis dedos le presto para que suenen las campanas en las esquinas.
Somos amantes esporádicos para algún día declararnos eternos a los ojos del mar.
Nos pensamos en los sueños y nos soñamos pensamientos.
Nos besamos de a ratitos para no ahogarnos en el tiempo.
Se que un día me voy a levantar a su lado. Algún día, ella va a acomodar mi almohada y va a salvarme del frío. Ese día voy a cantarle su nombre al oído, voy a acariciar su pelo para bajar hasta el centro de mi alma, y ahí voy a encontrarme, definitivamente, en ella...







