
Dicen que no hay, pero existe. El viento que viene en busca de la arena y se va silbando bajito al no encontrarla. Sucede que muy bien se esconde bajo los pies de quienes sueñan y se animan a tocarla.
Acá no se ven olas, pero curiosamente esta ciudad la habitan algunos surfistas de ilusiones y de canciones, las velas de los barcos que inventamos y la sal de nuestras lágrimas.
El mar de las mañanas, el mar de la chica que se arregla el pelo bronceándose en el andén, la sonrisa que se dibuja en el mar de música que regalan los músicos de la calle Preciados o el mar pardo que descansa en su cuna por las noches.
Vamos dejando huellas en la arena aunque muchos no se den cuenta, la luna que se peina en este mar y el sol que pide turno para la mañana siguiente y así darle color.
Voy a contarles una confidencia. Un día casi me ahogo en el mar.
Era muy chico por entonces, y decidí faltarle el respeto. En ese momento, las olas me abrazaron y me pidieron que aprenda a caminar sobre el agua, que sienta así la textura de su piel, que aprenda a jugar. Escupí miedo por mi boca, respiré del aire que se me negaba y cuando abrí los ojos se suicidaron las gotas que encierran tanto dolor como en este momento.
A partir de ese día, veo el mar en todos lados. En ellas, en sus ojos, en sus cabellos, en su baile al caminar, en sus sonrisas, que delicia. El mar del mendigo que se enamoró y vive con ella a la vuelta de mi casa ¿cómo será el mar para ellos?; el mar de los amores que desangran, el de los perdidos en un vagón del subte (metro como le llaman acá) que no encuentran la gracia de mirarse unos a los otros, este, un poco contaminado. El mar de dudas que a veces me persigue.
El mar de Madrid. Días que nace más fresco, otros más revoltoso. Días que muere en su cuerpo y mañanas que nace en sus brazos. El mar de Madrid, que bonito.
Perdón, ¿quién dijo que en Madrid no hay playa?
Acá no se ven olas, pero curiosamente esta ciudad la habitan algunos surfistas de ilusiones y de canciones, las velas de los barcos que inventamos y la sal de nuestras lágrimas.
El mar de las mañanas, el mar de la chica que se arregla el pelo bronceándose en el andén, la sonrisa que se dibuja en el mar de música que regalan los músicos de la calle Preciados o el mar pardo que descansa en su cuna por las noches.
Vamos dejando huellas en la arena aunque muchos no se den cuenta, la luna que se peina en este mar y el sol que pide turno para la mañana siguiente y así darle color.
Voy a contarles una confidencia. Un día casi me ahogo en el mar.
Era muy chico por entonces, y decidí faltarle el respeto. En ese momento, las olas me abrazaron y me pidieron que aprenda a caminar sobre el agua, que sienta así la textura de su piel, que aprenda a jugar. Escupí miedo por mi boca, respiré del aire que se me negaba y cuando abrí los ojos se suicidaron las gotas que encierran tanto dolor como en este momento.
A partir de ese día, veo el mar en todos lados. En ellas, en sus ojos, en sus cabellos, en su baile al caminar, en sus sonrisas, que delicia. El mar del mendigo que se enamoró y vive con ella a la vuelta de mi casa ¿cómo será el mar para ellos?; el mar de los amores que desangran, el de los perdidos en un vagón del subte (metro como le llaman acá) que no encuentran la gracia de mirarse unos a los otros, este, un poco contaminado. El mar de dudas que a veces me persigue.
El mar de Madrid. Días que nace más fresco, otros más revoltoso. Días que muere en su cuerpo y mañanas que nace en sus brazos. El mar de Madrid, que bonito.
Perdón, ¿quién dijo que en Madrid no hay playa?
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